Hubo una época en que me ponía tres pares de medias para irme a dormir, y me tomaba unos buenos diez minutos en terminar de meterme en la cama, deslizando los pies milímetro a milímetro esperando que mi cuerpo de nena calentara de a poco las sabanas gélidas. En esa misma época esperaba que me viniera el sueño respirando pausado, mirando el vapor de mi respiración condensarse en el frío del segundo piso, mientras sonaba metálica la sirena del tren del Paso a lo lejos. A veces, en esas noches, mi abuela se acostaba a los pies de mi cama envuelta en su ruana suave de lana beige, y me contaba el cuento del león famélico y de los conejitos que lo hacían vegetariano. Como amaba ese cuento. Como la amaba a ella. Como amaba que me ayudara a calentar el extremo de la cama en invierno.
Hoy tengo calefacción central, pero extraño esa casa. Extraño el segundo piso, las tablas de madera que crujían cuando caminaba, el frío del invierno, mi respiración condensada, la sirena del tren. La extraño a ella. Te extraño tanto. Daría la mitad de mi sangre para verte un rato aunque sea.
Miento. La daría toda por verte cinco minutos, porque me abrazaras, porque me contaras un cuento hoy de noche, hoy que la inminencia de otra perdida me recuerda a la tuya.
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3 comentarios:
Lo que fue, aquellos que ya no estàn, te entiendo y como.Conmovedor.UN beso
Lo que fue siempre vivirá en nuestras mentes, y muchas veces, en nuestro corazón también.
Saludos.
SALUDOS AMIGUITA
ESPERO QUE EL RECUERDO DE TU ABUELITA TE SIGA CALENTANDO.
ESO DEL CONEJITO, ME RECUERDA A ALGUIEN, A NUBES EN FORMA DE CONEJO.
tE GUIñO,
M.
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