En los vientivarios años que transcurrieron desde su fecha de envasado, la monógama en serie ha ido adquiriendo certezas y regodeandose en ellas, solo para tener que descartarlas un tiempo mas tarde. Al comienzo todo parecía muy claro, y claro, por eso mismo, al comienzo ella no era aún una monógama en serie.
Al aterrizar con el dudoso paracaídas de su XX en esta pequeña ciudad, la monógama en serie fue descubriendo tempranamente el color rosa, los cuentos clásicos, las princesas de Disney y las risueñas Barbies, cada una con su respectivo príncipe galante (o andrógino metrosexual de plástico). Interactuando con ellos la monógama en serie comprendió que para toda mujer hay un príncipe encantador dispuesto a pasar las mil y una con tal de vivir con ella felices para siempre, y que esto siempre sucede así.
Comprendió también que todos los hombres son bellos, nobles y valientes; y que todas las mujeres buenas son bonitas y amadas. Comprendió también que las mujeres malas son siempre horrendas y eventualmente reciben su merecido.
Y sin embargo, veinte años después, la monógama en serie toma conciencia de su condición y se ve obligada a cuestionar su paradigma. Como todos, supongo, la monógama en serie ha coexistido con esos parientes o conocidos cuya solitaria existencia la desestimuló, más o menos tempranamente, del concepto de una vida “independiente”.
Orgullosa de su persona y de sus logros, la monógama en serie se niega admitir que no concibe una imagen de si misma a futuro sin alguien a su lado. Mientras se escucha argumentar que no tener una familia le allana el camino hacia la concreción sus sueños, se imagina rodeada de gatos, velas y lectura new-age un domingo a la tarde a los cincuenta. Y la imagen, como todas las imagenes inquietantes, permanece latente en algun rinconcito de la conciencia.
Tras el trágico final de una relación larga, intensa y positiva, la monógama en serie se ve obligada a hacer un doble duelo: el duelo por el vínculo perdido, el real; y el duelo por aquellos sueños compartidos que no van a cumplirse. Se despide de todas aquellas adorables rutinas que no volverá a ejecutar. La monógama en serie repasa en su mente todos los apodos cariñosos, todas las voces impostadas y los chistes internos que ya no volverá a repetir, y se ve forzada a tomar una resolución.
La monógama en serie quiere seguir buscando, pero se pregunta si, como las princesas de la infancia, no ha llegado el tiempo de esperar en su torre y dejarle el correteo por el desierto y los enfrentamientos con dragones a otro.
No es bueno correr ni pelear con el corazón roto.
Me llamo Leandra, y soy una monógama en serie.
(“Hola, Leandra”)
Hacen cinco meses y una semana que estoy sola.
(Aplausos)
jueves, 26 de julio de 2007
viernes, 20 de julio de 2007
Acá ando, ¿y vos?
- También, acá.
Es cierto. Acá estamos los dos, en un enredo de acás y ahoras, de conexiones esporádicas, de desconexiones sistemáticas. Vamos y venimos en círculos, intercambiando cada vez menos palabras pero cada vez más sentidas, más crudas, más concientes de su propia fecha de vencimiento. Con el tiempo, tu acá es cada vez más allá, mi acá cada vez más acá, y mientras que la distancia tangible permanece incambiada, la otra, la que importa, se estira de manera espeluznante, como un elástico dorado que de tanto deshilacharse empieza a ceder.
No quiero verte desaparecer en la distancia.
Es cierto. Acá estamos los dos, en un enredo de acás y ahoras, de conexiones esporádicas, de desconexiones sistemáticas. Vamos y venimos en círculos, intercambiando cada vez menos palabras pero cada vez más sentidas, más crudas, más concientes de su propia fecha de vencimiento. Con el tiempo, tu acá es cada vez más allá, mi acá cada vez más acá, y mientras que la distancia tangible permanece incambiada, la otra, la que importa, se estira de manera espeluznante, como un elástico dorado que de tanto deshilacharse empieza a ceder.
No quiero verte desaparecer en la distancia.
sábado, 14 de julio de 2007
Incoherente
Vení, te espero. Desde donde y como vengas no me preocupa demasiado. Incluso el cuando es discutible. Vení, te espero. La puerta esta cerrada, y la llave (shhh) bajo la alfombra. Quiero que llegues de improviso, sin anuncios ni preparativos, quiero encontrarte un día instalado en mi living con todas tus cosas sin preguntas previas ni consideraciones, quiero que llenes de tus células, de tu olor, de la vibra de tu voz los rincones callados. Quiero que invadas mi espacio. Quiero que tus malos hábitos me arranquen sonrisas. Quiero volver a enfurecerme y a hablar sin parar, quiero temblar de rabia, de ternura, de expectativa. Quiero rebelarme a tu piel. Quiero hacer, deshacer, arrepentirme. Quiero que entres seguro y cierres dando un portazo. Quiero, por un minuto, cederte el control de mis actos.
Vení. Estas formalmente invitado.
Vení. Estas formalmente invitado.
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viernes de noche
miércoles, 11 de julio de 2007
Sobre la tarde de domingo que me debes
El piso de madera es lindo, lindísimo. Está viejo y gastado pero brilla bajo una capa reciente de barniz, y aún a la luz ladeada de media tarde puedo imaginar como fue encerado infinitas veces con dedicación y cariño. Me gusta sentarme en el piso.
Me gusta el aire tibio y dominguero de este living colorido y algo hippie. Me gustan los adornos, tan poquitos, tan personales, enceguecedores bajo el reflejo de la luz que entra por la ventana.
Me gusta esa luz amarilla, mielera, que chorrea a través del vidrio y lo envuelve todo, entremezclandose y volviendose uno con el sonido de Dave Matthews y su banda. Me gustan Dave Matthews y su banda, aunque nunca te lo confiese.
Me gusta el olor a café recien hecho. Me gusta tu sonrisa irregular, y los millones de colores increíbles que el sol le arranca a tu pelo.
Me gusta el halo alrededor de tu cabeza
Me gusta el aire tibio y dominguero de este living colorido y algo hippie. Me gustan los adornos, tan poquitos, tan personales, enceguecedores bajo el reflejo de la luz que entra por la ventana.
Me gusta esa luz amarilla, mielera, que chorrea a través del vidrio y lo envuelve todo, entremezclandose y volviendose uno con el sonido de Dave Matthews y su banda. Me gustan Dave Matthews y su banda, aunque nunca te lo confiese.
Me gusta el olor a café recien hecho. Me gusta tu sonrisa irregular, y los millones de colores increíbles que el sol le arranca a tu pelo.
Me gusta el halo alrededor de tu cabeza
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