La vió en seguida, ni bien subió. El ómnibus estaba casi vacío y ella dormitaba abiertamente en uno de los asientos de adelante en una actitud muy suya. Siempre le había divertido de ella la desfachatez con que contaba chistes verdes, bailaba gracioso y opinaba a voz en cuello las cosas más bizarras haciéndolas sonar perfectamente razonables. Con la que cantaba en la calle sin embocar una nota al ritmo de esos auriculares, los mismos que ahora tenia puestos, mientras dormía en su mundo; la cabeza contra la ventana y la boca entreabierta, como si en cualquier momento fuera a soltar otra opinión bizarra.
O la frase que solo una vez la escucho decir.
¿Pero cuanto tiempo hacia de eso ya? La mano pálida que asomaba fuera del saco rosado de lana temblequeo como para darle la razón: mucho, dijo, y dejó que el boleto que sujetaba entre sus dedos dormidos cayera sobre el regazo. El comprendió el mensaje y siguió avanzando.
Abrió los ojos y lo vió, reflejado en el vidrio que separa el asiento del conductor del resto de la plebe. Comprendió al instante que él la había visto al pasar a su lado y la había tomado por dormida, aunque siendo totalmente honesta, no podía asegurar que no lo estuviera. Lo vió retroceder un paso hacia ella, detenerse, respirar hondo y volver a avanzar, en un gesto de nerviosismo y duda; y se sintió increíblemente bella y deseada.
Como borracha de sueño, sorpresa e incredulidad de encontrárselo así, por azar, permaneció donde estaba y olvidó darle una señal de reconocimiento. Los ojos le pesaban y la música sonaba lenta y expresiva en sus auriculares. El momento, como el boleto, acababa de deslizarse entre sus dedos.
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1 comentario:
¡Ay, Leandra, que lindo! está bellamente contado. No explica todo, da espacio al lector. Me encantó. Felicitaciones.
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