Es miércoles de noche y voy a cenar con mi papá. Cocinó pescado al romero, porque sabe que me gusta. Como siempre al principio, nos medimos un poco. Tras un par de intercambios me siento cómoda, nos reímos. Por primera vez en días todo esta en su lugar. El se sirve otro whisky. Deja de tomar, le digo. Deja de fumar, me responde. Nos seguimos riendo.
Son las doce y llego a mi casa, feliz de haber visto a mi padre. Me siento una nena mimada otra vez. Siento que hoy todo puede arreglarse. Estoy un poco borracha y quiero llamarlo a el, a mi otro amor. No pienso con claridad, y por eso seguramente creo que si hoy de noche le hablo después de tantos días, si le dijera por primera vez que lo extraño, si le hablara de la estupidez que estamos haciendo, si fuera dulce y simple como me siento y me dejara de cálculos todo estaría bien. Todo parece tan fácil. Y a propósito para no pensar demasiado disco rápido el numero de su celular.
El me atiende. Dice mi nombre con una mezcla de alegría y sorpresa, y me endulzo. Creo que me esta esperando. Quiero decir alguna banalidad antes de ir al grano, pero me interrumpe:Suena el teléfono de casa, te llamo en cinco dale?
Me llama media hora después. Ya no estoy tan borracha, ni tan feliz, y esos treinta minutos me llenaron de sospechas, del dolor del rechazo, de incertidumbre. Mi declaración se me antoja de repente demasiado frágil, demasiado delicada para exponerla al viento. No lo atiendo. Y todo vuelve a su jodido lugar.
miércoles, 9 de julio de 2008
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