Ojos azules, calor de sur
“Fue un gusto conocerte” dije, ensayando la despedida
“No nos conocimos” dijiste “pero me hubiera gustado”
10000 kilómetros y cuatro horas
Mucho Tiempo y muchas palabras dichas a media voz
Bajo la sombra de un árbol perenne y perfumado
Guardo en un bolsillo tus risueños matices de rosado
Aunque hace frío, y la lluvia me alcanza
Incluso bajo el espeso follaje de tu recuerdo
sábado, 30 de junio de 2007
lunes, 18 de junio de 2007
Sobre el habitante
Que cosa molesta las mesas de cármica blanca, sin otro adorno que un servilletero vetusto y sin gracia. Casi no te dan excusa para distraer la mirada, y con el paso de los minutos se hace cada vez mas difícil esconderse detrás de algo, mas difícil esconderte vos dentro de tu propio cuerpo, y terminás asomandonte a la unica ventanita en la cual el otro te puede decir “pica”. Y entonces inexorablemente esa criatura huraña, primitiva y fotofobica que una vez desterraste de tu cabeza a un recóndito rincón de tu cuerpo, que te habita, que se pasa el día especulando posibilidades, oliéndose y rascándose en algún rincón oscuro y húmedo termina asomándose en tus ojos y tan sólo su presencia en tus órbitas despliega una ola de parálisis sobre los músculos de tu cara, como una descarga eléctrica. Sin más excusas para mirar la mesa, terminas mirándote en esos otros ojos, viendo en ellos el reflejo de la huraña criatura que refunfuña, mas enojada que nunca; y como siempre, te reprocha cosas.
Te dice lo que no querés escuchar. Te dice que siempre supiste que se puede aprender a amar a alguien. Y que como te dijo Miracles, en la vida tenés dos opciones: engancharte con cualquiera para evitar el dolor helado de estar solo, y de esa manera ser infeliz pero al menos ser infeliz con otro; o esperar que alguien venga y te abofetee con su sola presencia y transforme la felicidad de un concepto abstracto a la noción de la temperatura exacta de la piel de otras manos en las tuyas. Esa opción implica esperar, sabiendo que así te arriesgas a una existencia de dolor helado.
Y vos no querés arriesgarte. Y esos otros ojos que tenés en frente tampoco son cualquiera. Hay virtudes que hasta anomalías como vos saben apreciar. Vos estas dispuesta a no arriesgarte, pero cada vez que te decidís esa alimaña se arrastra desde su rincón oscuro y húmedo y te mira con enojo desde cualquier superficie reflejante, y si no la encuentra, siempre encuentra alojo en unos ojos ajenos.
Y te hace acordar de una vez, hace años, cuando todavía pensabas que te bastaba ese cuerpo para sobrellevar todos los inviernos, esa voz y esas palabras para salvarte del hambre para siempre. Te hace acordar que en una época vos también creías, vos también esperabas.
Entiende porque la encerraste. Entiende, pero no te perdona. Y no te va a dejar salirte con la tuya.
sábado, 9 de junio de 2007
Sobre el delgado hilo que ata la felicidad
Hubo una época en que me ponía tres pares de medias para irme a dormir, y me tomaba unos buenos diez minutos en terminar de meterme en la cama, deslizando los pies milímetro a milímetro esperando que mi cuerpo de nena calentara de a poco las sabanas gélidas. En esa misma época esperaba que me viniera el sueño respirando pausado, mirando el vapor de mi respiración condensarse en el frío del segundo piso, mientras sonaba metálica la sirena del tren del Paso a lo lejos. A veces, en esas noches, mi abuela se acostaba a los pies de mi cama envuelta en su ruana suave de lana beige, y me contaba el cuento del león famélico y de los conejitos que lo hacían vegetariano. Como amaba ese cuento. Como la amaba a ella. Como amaba que me ayudara a calentar el extremo de la cama en invierno.
Hoy tengo calefacción central, pero extraño esa casa. Extraño el segundo piso, las tablas de madera que crujían cuando caminaba, el frío del invierno, mi respiración condensada, la sirena del tren. La extraño a ella. Te extraño tanto. Daría la mitad de mi sangre para verte un rato aunque sea.
Miento. La daría toda por verte cinco minutos, porque me abrazaras, porque me contaras un cuento hoy de noche, hoy que la inminencia de otra perdida me recuerda a la tuya.
Hoy tengo calefacción central, pero extraño esa casa. Extraño el segundo piso, las tablas de madera que crujían cuando caminaba, el frío del invierno, mi respiración condensada, la sirena del tren. La extraño a ella. Te extraño tanto. Daría la mitad de mi sangre para verte un rato aunque sea.
Miento. La daría toda por verte cinco minutos, porque me abrazaras, porque me contaras un cuento hoy de noche, hoy que la inminencia de otra perdida me recuerda a la tuya.
domingo, 3 de junio de 2007
Gerardo y Carolina
Le gustaba como se sentaba en el borde del escritorio. Tenía un cuerpo largo y delgado que ella adivinaba fibroso y se movía con agilidad de un lado a otro del anfiteatro, como si quisiera dominar la clase, capturarlos con su mirada, enredarlos en sus palabras, entrar a fuerza en sus mentes. Con ella lo lograba. Le gustaba su voz áspera y potente que se deshacía de amor, de dignidad, de ira, de dolor, de todas las emociones existentes de acuerdo al texto que leyera. Le gustaba la pasión que desbordaba y el entendimiento del alma que emanaba en sus análisis.
Lo que no le gustaba era mirarlo y no poder evitar pensar en lo buen amante que sería. No le gustaba estar sentada durante hora y cuarto, hora y media, escuchando desesperadas palabras de amor que no eran para ella. No le gustaba la imposibilidad de la cuestión. Si el era un hombre y ella una mujer, ¿Qué tipo de diferencia son 25 años? ¿Qué distancia representan una esposa intelectual y dos hijos adolescentes?
Siempre la veía, sentada en la cuarta fila, sobre el pasillo del centro. Nunca se permitió pensarlo, pero si lo hubiera hecho, hubiera admitido que le gustaba como lo miraba fijo, con los ojos muy abiertos. Que le gustaban sus intervenciones, sus perspectivas. Que entre 150 alumnos, hasta le había tenido la deferencia de aprenderse su nombre. Carolina. Elisa había sugerido ese nombre cuando nació su primera hija, pero el se había negado. ¿Por qué ahora le resultaba tan hermoso?
Gerardo miró alrededor, a la seguridad del anfiteatro, y enfiló hacia el extremo opuesto.
No quiera el destino que nos juntemos nunca fuera de la protección de estas puertas.
Lo que no le gustaba era mirarlo y no poder evitar pensar en lo buen amante que sería. No le gustaba estar sentada durante hora y cuarto, hora y media, escuchando desesperadas palabras de amor que no eran para ella. No le gustaba la imposibilidad de la cuestión. Si el era un hombre y ella una mujer, ¿Qué tipo de diferencia son 25 años? ¿Qué distancia representan una esposa intelectual y dos hijos adolescentes?
Siempre la veía, sentada en la cuarta fila, sobre el pasillo del centro. Nunca se permitió pensarlo, pero si lo hubiera hecho, hubiera admitido que le gustaba como lo miraba fijo, con los ojos muy abiertos. Que le gustaban sus intervenciones, sus perspectivas. Que entre 150 alumnos, hasta le había tenido la deferencia de aprenderse su nombre. Carolina. Elisa había sugerido ese nombre cuando nació su primera hija, pero el se había negado. ¿Por qué ahora le resultaba tan hermoso?
Gerardo miró alrededor, a la seguridad del anfiteatro, y enfiló hacia el extremo opuesto.
No quiera el destino que nos juntemos nunca fuera de la protección de estas puertas.
viernes, 1 de junio de 2007
(des)encontrarse
La vió en seguida, ni bien subió. El ómnibus estaba casi vacío y ella dormitaba abiertamente en uno de los asientos de adelante en una actitud muy suya. Siempre le había divertido de ella la desfachatez con que contaba chistes verdes, bailaba gracioso y opinaba a voz en cuello las cosas más bizarras haciéndolas sonar perfectamente razonables. Con la que cantaba en la calle sin embocar una nota al ritmo de esos auriculares, los mismos que ahora tenia puestos, mientras dormía en su mundo; la cabeza contra la ventana y la boca entreabierta, como si en cualquier momento fuera a soltar otra opinión bizarra.
O la frase que solo una vez la escucho decir.
¿Pero cuanto tiempo hacia de eso ya? La mano pálida que asomaba fuera del saco rosado de lana temblequeo como para darle la razón: mucho, dijo, y dejó que el boleto que sujetaba entre sus dedos dormidos cayera sobre el regazo. El comprendió el mensaje y siguió avanzando.
Abrió los ojos y lo vió, reflejado en el vidrio que separa el asiento del conductor del resto de la plebe. Comprendió al instante que él la había visto al pasar a su lado y la había tomado por dormida, aunque siendo totalmente honesta, no podía asegurar que no lo estuviera. Lo vió retroceder un paso hacia ella, detenerse, respirar hondo y volver a avanzar, en un gesto de nerviosismo y duda; y se sintió increíblemente bella y deseada.
Como borracha de sueño, sorpresa e incredulidad de encontrárselo así, por azar, permaneció donde estaba y olvidó darle una señal de reconocimiento. Los ojos le pesaban y la música sonaba lenta y expresiva en sus auriculares. El momento, como el boleto, acababa de deslizarse entre sus dedos.
O la frase que solo una vez la escucho decir.
¿Pero cuanto tiempo hacia de eso ya? La mano pálida que asomaba fuera del saco rosado de lana temblequeo como para darle la razón: mucho, dijo, y dejó que el boleto que sujetaba entre sus dedos dormidos cayera sobre el regazo. El comprendió el mensaje y siguió avanzando.
Abrió los ojos y lo vió, reflejado en el vidrio que separa el asiento del conductor del resto de la plebe. Comprendió al instante que él la había visto al pasar a su lado y la había tomado por dormida, aunque siendo totalmente honesta, no podía asegurar que no lo estuviera. Lo vió retroceder un paso hacia ella, detenerse, respirar hondo y volver a avanzar, en un gesto de nerviosismo y duda; y se sintió increíblemente bella y deseada.
Como borracha de sueño, sorpresa e incredulidad de encontrárselo así, por azar, permaneció donde estaba y olvidó darle una señal de reconocimiento. Los ojos le pesaban y la música sonaba lenta y expresiva en sus auriculares. El momento, como el boleto, acababa de deslizarse entre sus dedos.
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