jueves, 26 de abril de 2007
Monógamos anonimos - monitoreando el progreso
En los vientivarios años que transcurrieron desde su fecha de envasado, la monógama en serie ha ido adquiriendo certezas y regodeandose en ellas, teniendo que descartarlas un tiempo mas tarde. Al comienzo todo parecía muy claro, y claro, por eso mismo, al comienzo ella no era aún una monógama en serie.
Al aterrizar con el dudoso paracaídas de su XX en esta pequeña ciudad, la monógama en serie fue descubriendo tempranamente el color rosa, los cuentos clásicos, las princesas de Disney y las risueñas Barbies, cada una con su respectivo galante príncipe (o andrógino metrosexual de plástico). Interactuando con ellos la monógama en serie comprendió que para toda mujer hay un príncipe encantador dispuesto a pasar las mil y una con tal de vivir con ella felices para siempre, y que esto siempre sucede así.
Comprendió que todos los hombres son bellos, nobles y valientes; y que todas las mujeres buenas son bonitas y amadas. Comprendió también que las mujeres malas son siempre horrendas y eventualmente reciben su merecido.
Veinte años después, la monógama en serie toma conciencia de su condición y se ve obligada a cuestionar su paradigma.
Como todos, supongo, la monógama en serie ha coexistido con esos parientes o conocidos cuya solitaria existencia la desestimuló, más o menos tempranamente, del concepto de una vida “independiente”. Orgullosa de su persona y de sus logros, la monógama en serie se niega admitir que no concibe una imagen a futuro de si misma sin alguien a su lado. Mientras se escucha argumentar que no tener una familia le facilitará alcanzar sus sueños, se imagina rodeada de gatos, velas y lectura new-age un domingo a la tarde a los cincuenta, y su sistema le impide procesar la imagen.
Tras el trágico final de una relación larga, intensa y positiva, la monógama en serie se ve obligada a hacer un doble duelo, el duelo por el vínculo perdido real, y el duelo por aquellos sueños compartidos que no van a cumplirse. Se despide de todas aquellas adorables rutinas que no volverá a ejecutar. La monógama en serie repasa en su mente todos los apodos cariñosos, todas las voces impostadas y los chistes internos que ya no volverá a repetir, y se ve forzada a tomar una resolución.
La monógama en serie quiere seguir buscando, pero se pregunta si, como las princesas de la infancia, no ha llegado el tiempo de esperar en su torre y dejarle el correteo por el desierto y los enfrentamientos con dragones a otro. No es bueno correr ni pelear con el corazón roto.
Me llamo Leandra, y soy una monógama en serie.
(“Hola, Leandra”)
Hace dos meses y diez días que estoy sola.
(Aplausos)
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